No me malinterpreten.
No es que quiera hacer una apología del delito, ni me parezca chistosa la situación enfermiza en la que vive sumida esta ciudad (jamás podría pensarse esto, menos con este antecedente). Pero me ha parecido de lo más gracioso el asalto a una agencia bancaria ubicada en el malecón 2000 que concluyó con la huida de los autores del robo en una lancha rápida, abordada en el muelle del turístico barco Morgan.
Por supuesto, no me parece gracioso por el asalto en sí, ni por los momentos de angustia que tienen que haber vivido quienes sufrieron los hechos en cuestión. Lo divertido del asalto es que me parece un supremo humor negro que en un lugar donde “se reservan el derecho de admisión” y no dejan entrar a rockeros, punkeros, homosexuales y, en fin, toda criatura citadina que empañe en algo la lata-en-vitrina que debe ser el malecón en esta ciudad-escaparate se metan ladrones, roben una agencia bancaria y se fugen simbólicamente por el río que se supoen debe coronar la megaestructura.
El asalto que reafirma la clara anomia social que sufre Guayaquil (algo que hace tiempos venimos diciendo), nos revela, además, otro de los vicios de la administración municipal -y de la filosofía retrógrada que la inspira-: que el peligroso es aquel que se ve o se percibe diferente o simplemente contestario. El que no, el que va vestido de guardia de seguridad o de correcto transeúnte cumplidor de las reglas impuestas para el espacio público denominado malecón 2000, puede fácilmente descascarar el maquillaje de una ciudad que puja por esconder sus verguenzas, con el pretexto de volverse cosmopollita -lo que en realidad se encuentra en el extremo contrario a lo que sucede en la perla-.
Por eso en la ciudad-escaparate no hay espacio para las minorías y las mayorías están condenadas a un patrón de comportamiento público que sea lo suficiente esteril para no importunar el funcionamiento del gran centro comercial de las zonas “regeneradas” -curioso término que implica que antes eran degeneradas.
La tercera lección que nos deja el irónico asalto, es aquella sobre las apariencias: engañan. Viejo y gastado refrán que no deja de ser genuino, especialmente en Guayaquil. Las áreas regeneradas han creado -vía ordenanza municipal- el estereotipo del ciudadano. Es un heterosexual, reenviador de cadenas de mails, repetidor incesante de clichés sociales dignos de un estudio antropológico, tiene novia pero no ha dejado a sus amiguitas de ocasión, se las pica de francote y trabajador (detalle por el cual desdeña a los artistas, filósofos, científicos y académicos) y en las últimas elecciones votó por Nebot y, para darle contra a Correa y ser buen guayaquileño, por Lucio -lo cual revela su evidente y preocupante falta de memoria-. Por supuesto, viste correctamente y ya ha aprendido que el perro no puede ir al malecón a pasear. Todo lo que se salga de ese molde se ha instaurado en el imaginario popular como una amenaza. La única excepción es, por supuesto, los consumidores del gran mall, que son un puñado de extranjeros crédulos y barbudos.
La instauración de estos falsos dilemas como punto de partida de la convivencia de la ciudad crean las condiciones propicias para la implantación de sistemas fascistas. Hitler llegó al poder no porque un buen día los alemanes amanecieron todos locos, sino por haber aprovechado la coyuntura antisemita y el resentimiento posterior a la primera guerra mundial, lo que creó una atmósfera donde parecía correcto y lógica endilgar a las minorías la culpa por simplemente todo lo que pasaba (a propósito, les recomiendo la lectura de El Abogado que Humilló a Hitler de Bejamin Carter Hett, que retrata con bastante detalle el nivel de odio instaurado por los nazis y el caldo de cultivo que encontró en la sociedad alemana).
La cuarta moraleja de la historia de los ladrones que se fugaron en bote es aprender que la arbitrariedad no tiene nada que ver con el orden y la seguridad y que el apilamiento sistemático de cosas (o personas) no es sinónimo de bienestar. Sí, el que el malecón esté limpio y sin caca de perro en las esquinas, no quiere decir que esta ciudad progreso. Que el cerro Santa Ana esconda tras sus portones de hierro forjado la miseria de la ciudad no quiere decir que no exista. A la ciudad no la hace el adoquín de la avenida Nueve de Octubre, sino quienes los pisan. Y en ese sentido, la ciudad se convierte en menos ciudad (en detrimento de lo que el alcalde diga) porque cada día es más inequitativa, menos solidaria y, por tanto, más insegura y difícil de vivir.
Esto va de la mano con una crítica firme que debe hacerse de todas las medidas coercitivas que merman los derechos ciudadanos sopretexto del orden, la seguridad. Toda norma que restrinja las garantías del ciudadano, desde un cartel que prohíbe el derecho de admisión a un lugar de dominio público, hasta la capacidad para adoptar una identidad propia (incluido peinado y vestimenta) son propias de un sistema penal que no defiende al ciudadano, sino que lo expone a la voluntad de los poderes fácticos, sean estatales o corporativos privados.
Queda claro, entonces, que sacar a puntapiés a los rockeritos y a los homosexuales no garantiza seguridad, ni es orden, sino mera pírrica e inútil arbitrariedad.
Esta es Guayaquil. Que no se engañe nadie y que lo vea el que lo quiera ver.