Estamos sentados en el fondo de la trinchera. La noche es oscura y presagia una alba de terror. Nos sentimos solos y desvalidos ¿Dónde está el pueblo que nos vitoreaba, que nos aplaudía y cantaban al paso de nuestra marcha y cantaban al ritmo de nuestras sirenas?
Hace meses que guerreamos por una abstracción idealista de esta que es nuestra patria. La patria grande, inmensa, cósmica en la que creemos parece desmoronarse, como si lo que pensamos que jamás se podría destruir por ser etéreo, hubiese adquirido una terrenalidad vulgar.
En los mejores estados del ánimo -que no son frecuentes- conversamos de cómo parecemos, en cierta forma, protagonistas de una película hecha en retrospectiva, viciada por la opinión de los historiadores, que no son lo que deberían ser, cronistas de hechos, sino verdugos coyunturales; enciendo el cigarrillo último que me queda y lo fumo despacio, con la tranquilidad que da la resignación y pienso es fácil ser general después de la guerra.
La mayor tragedia de la guerra no son las bajas innumerables, ni los huérfanos, ni los mutilados, ni los desplazados, ni los tristes perpetuos, ni el ángel de la muerte acechante a cada instante; su mayor tragedia radica en olvidar todo lo que hay detrás del que pelea junto conmigo e, inclusive, del que, desde la otra orilla, me apunta decidido, porque la única lógica que entendemos en este hueco húmedo y maloliente es la de la propia supervivencia.
Así estamos. Aquí estamos. Con el fusil preparado; con los ojos casi sangrantes por la falta de sueño, pero más despiertos que nunca. Exhalo la último bocanada de humo, tiro la colilla al fango oscuro y la piso, por mera costumbre. Tengo el corazón hecho hilachas y, lo que queda de él, me dice que lo peor está por venir, que un tiro certero del enemigo acabará con esta agonía. Esto nadie lo sabrá, pues no me queda ya nadie a quien deban dar aviso en caso de mi muerte.
Si el destino nos puso ya en la tesitura de morir de pie, o de huir, habremos de elegir, nos dijimos un día. Muchos prefirieron entregar las armas, dijeron que tenían mujer, hijos, madre, futuro, vida esperándolos. Nunca se los dije, pero cada motivo para desertar nos quitaba algo de la vida anterior a la guerra, que ellos no nos dieron, convirtiéndose en usurpadores. Y entonces la rabia y el desprecio se convertía en la materia prima de la vida. Quedarse significaba no tener nada de aquéllo por lo que ellos renunciaban; uno se iba a convirtiendo, cada vez más, en un miserable, en un hijo de puta. Maricones, le digo en voz alta y con amargura.
El alba se acerca. Los armas están listas. Ya se escucha el tronar lejano de los que avanzan hacia nosotros con una sola consigna: Yo sé que vienen a matarme, a matarnos.
Y aquí hemos de morir, no por valientes, no por audaces, sino por irreflexivos y temerarios, pero también por el temor a reconocernos cobardes, a tener que matarnos mañana, asfixiados por la vergüenza de no resitirnos, porque nos importa más el juicio de la historia que esa falacia tentadora que es el presente, que es un presente burdo, porque carece de porvenir.
Puede que sea la última entrada en esta bitácora, puede que sea la último idea honesta y humana que tenga, antes de entregarme a la parafernalia demoniaca del combate.
Cómo se escriba la historia solo lo sabré si sobrevivo; mas si no es así, deberá el pueblo recordar que existirá por siempre una historia subersiva y cierta, verdadera, que subyace sobre lo que se escribe cuando el vencedor haya saqueado las ciudades del vencido y regado sal para que en ellas nada, ni siquiera el recuerdo de los caídos, florezca nunca jamás.




