Es una joda esto de estar sin luz. Mi mamá dice que sería peor estar sin agua, pero desde que leí La luz es como el agua de García Márquez estoy convencido de que no existe una diferencia sustancial entre una y otra.
Ayer, sin previo aviso, el gobierno nos recordó cómo era estar sin luz durante cuatro, cinco, siete horas al día.
La compulsión obvia -cansina y repetitiva- radica en echarle la culpa al gobierno de los apagones. Me parece desacertado, definitivamente, endilgarle la culpa solo a este gobierno sobre la crisis energética que el Ecuador arrastra desde hace veinte años. Lo que sí parece acertado es que en el Ecuador las cosas no avanzan al ritmo que el presidente parece creer. Luego él se entera y despotrica en contra de los burrócratas de siempre por los retrasos en las obras, los errores en los estudios preliminares, las incongruencias en las bases.
Parece existir una evidente desconexión (o apagón) entre ciertas realidades nacionales y el presidente de la República.
Por citar otro ejemplo, el SRi decidió aplicar una “medida ejemplar” en la provincia de Santa Elena cuando decidió, dos días antes del feriado, clausurar a diestra y siniestra cuanto local comercial, hotel o negocio que no estuviese aplicando debidamente las normas tributarias. Yo por supuesto que estoy a favor de que el SRI se saque la recontra madre haciendo que la gente empiece a pagar sus impuestos.
Eso, de ninguna manera puede ser criticado. Lo deleznable es que al genio que se le ocurrió “darles una lección” a los peninsulares no calculó el desastre humano que provocaría al clausurar negocios que habían aceptado anticipos, habían hecho reservaciones e invertido dinero para recibir a sus huéspedes. Si bien es cierto que la ley debe ser cumplida, existe un principio de racionalidad que debe ser atendido en todo momento. Y clausurar los locales de la península uno ó dos días antes del feriado es una demostración de torpeza suprema, propia de aquéllos legalistas que no entienden que en la ley y sobre ella se puede teorizar mucho, pero que su aplicación debe ser razonada y sensata, pues recae sobre los seres humanos.
Lo del SRI en la península me recordó las palizas exageradas -verdaderas torturas- con que ciertos padres pretenden corregir a sus hijos; “lecciones” que pueden costar la vida.
Estoy seguro que Correa no hubiera aprobado lo que hizo el SRI en Santa Elena. No sólo porque creo que entre rabieta y rabieta es un hombre lúcido, sino también porque la medida es profundamente antipopular. Estoy seguro que nadie se lo preguntó y estoy seguro que lo que más escasea es el sentido común y la proactividad entre la burocracia.
Él mismo ha dicho no haber tenido idea de los contratos millonarios de su hermano, comediante consagrado ya.
Siendo éste el estado de las cosas, uno no puede dejar de preguntarse cuántas otras cosas escaparán al control y, sobre todo, cuántas se harán fuera de la línea de pensamiento (o acción) del propio presidente. Cabe preguntarse, también, en qué momento se comienza a desarrollar la paranoia inveterada de creer que todo el mundo lo engaña, le miente o lo traiciona a uno.
En esa paradoja de locura que es la solitud del poder, más de un acto demencial ha registrado la historia.
Por estos días la desconexión más preocupante en el Ecuador no será la falta de fluido eléctrico que sufriremos (supuestamente) hasta mañana, sino la que puede ocurrir, perennemente, entre los gobernantes y la ciudadanía.
Ese siempre ha sido la punta del ovillo del fin. 