Vencer el sueño

08/02/2010 por José María León Cabrera

Tarde o temprano tenía que pasar: Carlos Vera abrió su propio blog.

Lo empecé a ojear, de la misma manera en que uno ojea ¡Nunca Mordaza! y que en cierta forma es como leer Recovecos de la Historia, de Rodrigo Borja, solo que mal escrito.  Y es que Vera en su versión impresa aporta un par de datos históricos interesantes y… nada más. En su versión digital nos trata de convencer que su megalomanía (sobre él siempre me he preguntado cómo sería si tuviera poder, pero poder de verdad) es una especie de escudo antimotines para enfrentar a otro soberbio, que es el presidente de la República -Rafa-  (no se puede negar esto, así como tampoco se puede negar que un vanidoso lo único que no está dispuesto a tolerar es a otro que lo sea más).

No tengo nada en contra de Vera, la verdad lo prefiero mil veces a él que a su fotocopia trucha (sí, el hijo del poeta) y que al mismo Pinoargote. Digámoslo con precisión: Carlos Vera tiene su propio estilo y eso es algo que yo valoro, porque es sumamente importante en las personas es que sean definidas, auténticas. Claro, lo mismo pienso de Hitler que de Chespirito, de Andrés Crespo que de Lady Gaga, de Freddy Mercury que de Jesucristo, de Charles Manson que de Pep Guardiola. Es decir, para mí es importante que las personas sean ellas mismas y no una fotocopia del jefe, del role-model o de la mujer. Detesto esas parejas en las que el marido se ríe como la mujer y la mujer se rasca la entrepierna como el marido. Sin embargo, no es algo determinante para que equis o ye sea bueno en lo que sea que hacen.

Vera es dirigible en versión audiovisual, resbala como cuando un niño se atora con un hielo pero después del susto el cubito se desliza hasta el estómago (a veces hay que darles un poco de agua caliente), pero en versión escrita, su esencia petulante y maquillada se vuelve insoportable y cansina.

No es uno de esos blogs en los que su autor resultan mordazmente provocadores, ni aquéllos que en su baudelaireano autor nos presenta sus  miserias cotidianas con infinita belleza literaria, no, es apenas un blog muy pretencioso (tiene su propio código “ético”) en el que Carlos Vera funge de activista político en los mismos términos que Ricardo Arjona y Paulo Coehlo fungen de activistas musical y literario respectivamente.

Carlos Vera nos presentan, en su blog, un desafío aún más complejo que el suyo propio de vencer el miedo, en su blog, sin duda alguna, lo difícil resulta llegar al final de sus arítculos venciendo el sueño (referido a la función meramente fisiológica) que producen.

La imagen, siguiendo los dictados de la ética veriana, procede del blog del mentado.

El Botín del Asalto en el Malecón

18/01/2010 por José María León Cabrera

No me malinterpreten.

No es que quiera hacer una apología del delito, ni me parezca chistosa la situación enfermiza en la que vive sumida esta ciudad (jamás podría pensarse esto, menos con este antecedente).  Pero me ha parecido de lo más gracioso el asalto a una agencia bancaria ubicada en el malecón 2000 que concluyó con la huida de los autores del robo en una lancha rápida, abordada en el muelle del turístico barco Morgan.

Por supuesto, no me parece gracioso por el asalto en sí, ni por los momentos de angustia que tienen que haber vivido quienes sufrieron los hechos en cuestión. Lo divertido del asalto es que me parece un supremo humor negro que en un lugar donde “se reservan el derecho de admisión” y no dejan entrar a rockeros, punkeros, homosexuales y, en fin, toda criatura citadina que empañe en algo la lata-en-vitrina que debe ser el malecón en esta ciudad-escaparate se metan ladrones, roben una agencia bancaria y se fugen simbólicamente por el río que se supoen debe coronar la megaestructura.

El asalto que reafirma la clara anomia social que sufre Guayaquil (algo que hace tiempos venimos diciendo), nos revela, además, otro de los vicios de la administración municipal -y de la filosofía retrógrada que la inspira-: que el peligroso es aquel que se ve o se percibe diferente o simplemente contestario. El que no, el que va vestido de guardia de seguridad o de correcto transeúnte  cumplidor de las reglas impuestas para el espacio público denominado malecón 2000, puede fácilmente descascarar el maquillaje de una ciudad que puja por esconder sus verguenzas, con el pretexto de volverse cosmopollita -lo que en realidad se encuentra en el extremo contrario a lo que sucede en la perla-.

Por eso en la ciudad-escaparate no hay espacio para las minorías y las mayorías están condenadas a un patrón de comportamiento público que sea lo suficiente esteril para no importunar el funcionamiento del gran centro comercial de las zonas “regeneradas” -curioso término que implica que antes eran degeneradas.

La tercera lección que nos deja el irónico asalto, es aquella sobre las apariencias: engañan. Viejo y gastado refrán que no deja de ser genuino, especialmente en Guayaquil. Las áreas regeneradas han creado -vía ordenanza municipal- el estereotipo del ciudadano. Es un heterosexual, reenviador de cadenas de mails, repetidor incesante de clichés sociales dignos de un estudio antropológico, tiene novia pero no ha dejado a sus amiguitas de ocasión, se las pica de francote y trabajador (detalle por el cual desdeña a los artistas, filósofos, científicos y académicos) y en las últimas elecciones votó por Nebot y, para darle contra a Correa y  ser buen guayaquileño, por Lucio -lo cual revela su evidente y preocupante falta de memoria-. Por supuesto, viste correctamente y ya ha aprendido que el perro no puede ir al malecón a pasear. Todo lo que se salga de ese molde se ha instaurado en el imaginario popular como una amenaza. La única excepción es, por supuesto, los consumidores del gran mall, que son un puñado de extranjeros crédulos y barbudos.

La instauración de estos falsos dilemas como punto de partida de la convivencia de la ciudad crean las condiciones propicias para la implantación de sistemas fascistas. Hitler llegó al poder no porque un buen día los alemanes amanecieron todos locos, sino por haber aprovechado la coyuntura antisemita y el resentimiento posterior a la primera guerra mundial, lo que creó una atmósfera donde parecía correcto y lógica endilgar a las minorías la culpa por simplemente todo lo que pasaba (a propósito, les recomiendo la lectura de El Abogado que Humilló a Hitler de Bejamin Carter Hett, que retrata con bastante detalle el nivel de odio instaurado por los nazis y el caldo de cultivo que encontró en la sociedad alemana).

La cuarta moraleja de la historia de los ladrones que se fugaron en bote es aprender que la arbitrariedad no tiene nada que ver con el orden y la seguridad y que el apilamiento sistemático de cosas (o personas) no es sinónimo de bienestar. Sí, el que el malecón esté limpio y sin caca de perro en las esquinas, no quiere decir que esta ciudad progreso. Que el cerro Santa Ana esconda tras sus portones de hierro forjado la miseria de la ciudad no quiere decir que no exista. A la ciudad no la hace el adoquín de la avenida Nueve de Octubre, sino quienes los pisan. Y en ese sentido, la ciudad se convierte en menos ciudad (en detrimento de lo que el alcalde diga) porque cada día es más inequitativa, menos solidaria y, por tanto, más insegura y difícil de vivir.

Esto va de la mano con una crítica firme que debe hacerse de todas las medidas coercitivas que merman los derechos ciudadanos sopretexto del orden, la seguridad. Toda norma que restrinja las garantías del ciudadano, desde un cartel que prohíbe el derecho de admisión a un lugar de dominio público, hasta la capacidad para adoptar una identidad propia (incluido peinado y vestimenta) son propias de un sistema penal que no defiende al ciudadano, sino que lo expone a la voluntad de los poderes fácticos, sean estatales o corporativos privados.

Queda claro, entonces, que sacar a puntapiés a los rockeritos y a los homosexuales no garantiza seguridad, ni es orden, sino mera pírrica e inútil arbitrariedad.

Esta es Guayaquil.  Que no se engañe nadie y que lo vea el que lo quiera ver.

Egocentrismo Indirecto Justificado Agradecido.

13/01/2010 por José María León Cabrera

Tardío agradecimiento -recién tengo la evidencia gráfica- por la magnífica (e inmerecida) celebración que me regaló mi incondicional compañera de aventuras. Más vale tarde que nunca.

Inolvidable tarde para celebrar mi último onomástico en soledad: entre los amigos más queridos dimos cuenta de un  ejemplar porcino de ciento veinte libras,  metamorfoseado en la tradicional y siempre acertada tríade cuero, caldo de salchicha y fritada acompañada de cincuenta docenas de club verde de litro, debidamente heladas para contrarrestar el intenso sol de noviembre -sí, voy con dos meses de retraso de pura ingratitud- y la vocación genética para la bohemia, el canto y la poesía.

Gracias. En mi torpeza no me hayo, sino en Jorge Drexler: Digo que esta vida es llevadera/ sólo porque sientes tú/lo que yo siento. Donde tu estás/ yo tengo el Norte,/ y no hay nada como tu amor/ como medio de transporte.

Precaldo

Llegada triunfal.

Cabaré.

Sorpresas

12/01/2010 por José María León Cabrera

Después de más de un cuarto de siglo de comer helados ideal en su inconfundible combinación de naranjilla con coco, el día sábado un portador de este manjar local me trucó la naranjilla por mora. La razón: sencillamente no hubo naranjilla ¿Y los 25 años anteriores, qué?

En palabras del maestro panameño Rubén Blades “la vida te da sorpresas”.

Control Estatal y Corporativo de los Medios

03/01/2010 por José María León Cabrera

Yo estoy seguro de que en El Esclaviverso (como le dice una buena e inteligente amiga mía que trabaja ahí) el editorial pasa por las manos de varias personas. Y luego se imprime.

Lo que yo me pregunto con editoriales como éste es hasta dónde ha llegado la soberbia de los medios privados de comunicación, particularmente del mayor diario de las islas caimán. Desde hace mucho tiempo me resulta evidente que en la disputa medios – gobierno no es una disputa sobre el derecho ciudadano a la información, sino el combate de dos megaestructuras periodísticas, destinadas a la defensa de dos agendas -una política y otra comercial.

No es una lucha -como se ha querido presentar- sobre el bien y el mal, ni sobre la (por demás evidente y necesaria) regulación de los medios tradicionales, sino el intento  de legitimar una actuación reseñada en esos medios. Y esto no es más que una demostración -más- de pseudociencia, que no es otra cosa que el intento de querer presentar información viciada para respaldar una determinada agenda política, religiosa o publicitaria.

Así, el Universo se declara defensor de los derechos ciudadanos, pero no le permitirá a una nutricionista hablar mal en un artículo sobre un cereal de esos que vienen en cajita de cartón, porque podría perjudicar a un auspiciante.

De igual manera, el gobierno reseñará en el Telégrafo (cuyo contenido es, en muchísimas ocasiones, de superior calidad que el que se publica en los medios privados) la lucha legítima de los informales en contra de los robaburros, pero defenderá en ese mismo medio la tipificación de la conducta de unos empleados de la eléctrica de Guayaquil como “terrorismo”, un argumento que también fue utilizado por el alcalde Nebot a propósito de quienes paralizaron el servicio de la entonces recién creada Metrovía.

En todos estos casos, nunca primó el interés general: desde algo aparentemente sencillo, como un detalle alimentacio hasta la presentación de los hechos de forma objetiva e equitativa, como en el caso de la metrovía (el Universo se decanta en alabanzas para la obra municipal de la ciudad) o el caso de los empleados eléctricos, sino que sirven para justificar una medida de un agente determinado.

Así, los grandes conglomerados noticiosos -sean públicos o privados- caerán en lo que el fariseo Universo denuncia en su arrogante editorial (del que se puede inferir que ellos tienen patente de corso para publicitar cualquier cosa, porque la publicidad privada no es mala…), no sin rasgarse las vestiduras:

Lo malo es, precisamente, que la nueva agencia llega apenas como la cola de ese monopolio cada vez más gigantesco de medios de comunicación en manos del Gobierno, lo que hace suponer que lejos de convertirla en un órgano de información y opinión oficial, lo que se busca es disponer de un nuevo medio para la publicidad estatal.Publicidad, además, como todos podemos constatarlo, que no se apoya en hechos y datos sino en el manejo hábil de las emociones, el miedo, la esperanza, el sentimentalismo.

Donde dice estatal reemplacen por “privado” y donde diga gobierno escriban “corporación” y verán como el editorial se muerde la cola, porque queda igualito.

Y yo no entiendo como después de pasar por tantas manos el editorial pasa igual embebido en arrogancia y falacias. A menos que directamente los escriba Palacios.

The mental BJ

03/01/2010 por José María León Cabrera

No había leído los feeds de noticias desde hace algunos días: parte de la locura de los últimos días del año. Hoy que me siento a leer un poco de lo que se escribe en la internet, me encuentro con una seguidilla de artículos del inefable Emilio Palacios. Yo acostumbro no leerlo, por simple sanidad mental (tengo miedo que el odio espeso que destila sea contagioso), pero por año nuevo decidí darle otra oportunidad. ¿Y adivinen qué?

Los mismos  del 2009, producto de una mente que lo único que parece poder producir es un odio indestructible. Es que EP no odia a Correa por lo que significa o por lo que es. El lo odia como odió la concesión del puerto de Guayaquil, como odió a los capitalistas cuando era “izquierdista” o su hermano cuando fue presidente.

Aquí, y acá, un análisis que no resiste la mínima lógica, y que desvaría como un niño con fiebre alta. Dos mental BJs que no dejan de asombrarnos.

¿El deseo para el 2010? Emilio, déje de hacerse la paja mental tanto: se va a quedar ciego.

Sequía

31/12/2009 por José María León Cabrera

En castigo por haber hablado mal del patriarca, he pasado muchos y tristes días sin postear nada en este, mi querido cucurucho. Hoy en la noche, con la ayuda del viejoParra, espero conjurar el maleficio que algún devoto de san León me ha echado. Serán mis acólitos los de siempre, mis más queridos y caros compañeros de vida.

A todos ellos gracias.  Buen viento y buena mar en el 2010.

El cucurucho será el mismo, pero el hombre en él cambiará. Y siento que el 2010 será un año para recordar. Hoy estuve melancólico, pensativo e inapetente. Mañana estaré ansioso, pero preparado. Esperemos estar, los dos, a la alturade nuestros propios sueños.

2010.

Epitafios Suplantados.

16/12/2009 por José María León Cabrera

Á propos, a veces la historia (tal vez por la propia injerencia de su poder en ella) suplanta epitafios.

Aunque pensándolo mejor, a un año vista, sus amigos le eligieron el mismo epitafio que yo; apenas con otras palabras, lo que no es lo mismo, pero es igual.

Tropo del arrecife

10/12/2009 por José María León Cabrera

Pendes sobre su espalda, espada de Damocles,
Última trinchera del pudor, final enclave de la resistencia
broche divino, puerta del cielo, ojo del alfiler de la redención.
Capullo de humanidad, hierve dentro de tu piel la carne de los sueños.
La libertad está a dos movimientos de mis manos; por un camino inequívoco y feliz.
Elástico de los prejuicios, soportas el dulce alimento de los hombres.
Párpado de ojos ya ciegos, alfarero de mujer, carrete del deseo,
no te quiero por lo que eres, sino por lo que llevas dentro.
Te abres natural y resignado, dejándote caer, soltando tu pecado.
Hete ahí, en el valle prohibido, entre las montañas vírgenes,
aún inmaculadas, aquel punto sin retorno donde chapalean agónicos los cuerpos,
aquél lugar sin memoria, fuente de vida, árbol de discordia, pozo salado y dulce,
rada de miel y leche, playa ambarada, donde no precisas volver.

Nostalgia 1980-1958

08/12/2009 por José María León Cabrera

Vuelve y vuelve mil veces al que matan así
O es que al final nunca muere
El que no teme morir

- Kevin Johansen

Ayer, para matar el insomnio recurrente, vi por cuarta ocasión la película de Steven Soderbergh Ché, El Argentino donde Benicio del Toro hace una excelente caracterización de Ernesto Guevara de la Serna. La película, que realmente es la primera de dos partes, narra, con el Che como personaje central, dos eventos paralelos: la visita del Che político a las Naciones Unidas en New York y, en retrospectica, el triunfo del Ejército Revolucionario: la lucha del Ché guerrillero.

Es inevitable -por más bobalicón que suene- no sentir nostalgia de  esa época no conocida, pero fácilmente identificable.

Y es que hoy, 8 de diciembre, recuerdo lo que dijo hace más de uno año: es posible entender la revolución cubana a través de la música de John Lennon, como lo entendí cuando me paré sobre las cenizas de esas revolución.

Hay una manera de convertirse en humano tan básica que ha sido olvidada y tan sencilla que ha sido descarta: se puede ser humanos a través de la solidaridad, a pesar de lo que piense la mayoría.

No cabe, entonces, duda alguna, que una de las maneras más preclaras de ser solidarios es cuando somos capaces de compartir nuestras nostalgias.

Una de esas nostalgias compartidas, sin duda, es aquella que sentimos por la música de Lennon.  Otra sin duda es aquélla que se puede sentir por la estampa revolucionaria de Guevara, hoy plastificado, mitificado y vilipendeado sin justa causa. Porque hoy todos tienen la remerita del Che, sin saber quién fue.

Quien me hizo caer en cuenta sobre este tema -a propósito de la muerte de Lennon- fue García Márquez, mucho antes de que yo naciera. Ocho días después del asesinato de Lennon, García Márquez confesó en este artículo que Lennon era no sólo el vínculo ineludible de todos los padres de entonces -hoy abuelos- con sus hijos, sino, por sobre todo, el visionario de un mundo mejor. Al igual que Guevara.

Es por eso que el título de esta entrada está al revés, porque en ese mundo mejor donde a ambos no los hubiese asesinado la demencia impostora, ese detalle sería apenas perceptible. Un mundo mejor, nos dijeron los dos, era posible. Hoy, más de uno me dirá que todo eso es una sensiblería barata, pero yo me negaré a creerlo. Hoy más que nunca.

Ese es, realmente, el legado de Guevara y de Lennon más allá de su coyuntura histórica -después de todo, los actos individualmente juzgados carecen de cualquier valor histórico-: elevar a mandamiento aquella frase de People Say I’m a dreamer, but I’m not the only one.